jueves, 27 de enero de 2011

El examen

Sus ojos están concentrados en el papel. Devora las palabras impresas y sus dedos responden como guepardos las preguntas del examen. Son cincuenta y dos en total y tiene sólo dos horas para hacerlo todo. Su mente sabe esta cuestión y se enfoca en el recuadro blanco que se va manchando, a medida que la manecilla del reloj hace un ruido fastidioso. Todos los microsegundos son importantes.

La botella de agua y el chocolate están encima de la mesa, pero no son relevantes. La mina del lápiz se rompe y hay que sacarle la punta. Se estresa y se pregunta por qué no usa un bolígrafo. Cambia su instrumento de escritura y empieza con uno de tinta azul. Va por la mitad y voltea un segundo a ver cuánto tiempo le queda.

Su corazón palpita intranquilo, faltan treinta minutos y veinte preguntas. No pierde ni un segundo en sacar la cuenta y continúa. Su pulgar derecho le duele, no encuentra una posición cómoda para escribir. Le da vueltas y vueltas y se desespera. Está a punto de lanzarlo al suelo hasta que se duerme y puede seguir tranquilo.

Escucha la voz del profesor diciendo: “Faltan diez minutos”. En ese instante acelera como nunca, en circunstancias normales hubiera pensado en un Ferrari, en Schumacher o en algo similar. Pero su mano no cree en nadie y vuela como un avión. Se sorprende de su velocidad y termina el examen haciendo la última tabla comparativa.

Tiene cinco minutos para revisar lo que ha hecho y no cree que su letra esté decente, es verdaderamente legible. Se levanta de la silla, entrega el examen y se va al bar con los demás. A concentrarse en una cosa que le gusta más: hablar con sus amigos tomándose una Voll Damm.

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