domingo, 2 de enero de 2011

La sonrisa de mis dedos

Esa noche logré acariciar sus suaves manos por mera casualidad, mis dedos se pusieron nerviosos y no sabían qué hacer. En ese instante se quedaron quietos, me voltearon a ver y mis ojos les dijeron: “Sigan adelante”. Se comunicaron por el lenguaje corporal que viaja a través de las neuronas por todo el cuerpo. El mensaje llegó en cuestión de microsegundos y mis dedos continuaron lo que estaban haciendo, pero se dieron cuenta que su mirada estaba fija en ellos y se sonrojaron un poco.

Después de esto sonrieron y vieron claramente como su linda sonrisa salía en armonía con la Luna que aparecía en el cielo. Al estar atolondrados por esta visión se encontraron encima de su mano sin darse cuenta y la acariciaron por segunda vez. En esta ocasión no se pusieron nerviosos y continuaron con su labor mientras sus excelsos ojos marrones seguían con atención la escena.

Ellos empezaron a subir por su delicado brazo blanquecino y se dieron cuenta que era un pasadizo de algodón muy sensible al tacto. De vez en cuando sus vellos se erizaban mientras el viento frío soplaba a través del salón. Siguieron la subida hasta llegar a sus hombros marcados por unos pequeños puntos marrones, esa superficie pecosa que era un poco misteriosa. En ese instante empezó un dilema en sus diminutas cabezas. Se asomaron hacia un lado y vieron que existía un precipicio gigante y por el otro había una cuesta empinada pero corta, y muy a lo lejos distinguían el reflejo de esa bella sonrisa.

La decisión fue obvia y empezaron la escalada por el puente resbaladizo de seda, tenían miedo de caerse y terminar en el olvido del fondo del precipicio. Así que subieron con cuidado mientras observaban inquietos el panorama, con esa Luna feliz que los cuidaba en el comienzo del año.

Cuando llegaron a su destino acariciaron un poco el territorio prohibido de su cara, gracias a la brisa apareció un mechón de su suave cabello liso y castaño, que inmediatamente colocaron en su lugar detrás de su oreja. Se fijaron que habían algunos lunares en sus cachetes, se sentían diferentes al tacto pero igual les gustaban.

¡Cómo disfrutaron ese momento!, parecían unos escaladores conquistando el Everest. Hasta que se aventuraron a ir hacia los delicados labios rosados para estar cerca de su llamativa sonrisa, y cuando iban bajando lentamente vieron como su brazo se movía y su mano los agarraba. Para sacarlos de ahí, se preguntaban confundidos, y “no” era la respuesta. Era para acariciarlos y empezar el juego en el otro sentido.

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