¿Por qué tenemos una clase de tres horas seguidas?, me pregunto si seremos capaces de aguantar todo ese tiempo amarrados a la silla, prestándole atención al locutor que habla y habla sin parar. Después de cuarenta y cinco minutos ya estaremos aburridos y desenfocados; parece un chiste pero este profesional que sabe tanto de los derechos humanos debería darnos un poco de libertad. Creo que tendríamos que presentarle la brillante idea de la pausa.
Cuando pase una hora de la presentación, es decir a las cinco en punto, deberíamos tener aproximadamente diez minutos en los que podamos salir a la calle, sin importar la temperatura, para despejarnos un rato del tema y al regresar podamos volver a tomar la importante exposición con el cuerpo frío y la cabeza estable.
Nos han hablado de las necesidades básicas de los seres humanos, y sabemos que la educación está en el tope de la lista, después de la alimentación y el agua, la fuente de la vida. Parece que en la clase estamos violando los principios que nos habían explicado semanas atrás. Esta cuestión no le agrada al público que se divierte mientras tanto haciendo dibujitos, jugando con su cabello, con sus dedos, hablando, riendo, al fin y al cabo intentando pasar un buen rato.
Ya me temía yo que la clase de hoy iba a ser así, tres horas “non stop” como se dice en inglés, así que se me tuvo que ocurrir algo interesante para mantener la emoción en ese período de tiempo. El martes pasado escribí unos párrafos en los que mencioné a una chama que ve clases con nosotros en ese fatídico salón gris.
Así que después de haber pasado una semana incentivando el misterio, hoy tocaba desvelarlo, “¿quién es ella?”, me preguntaban intensamente mis compañeros, pero yo no les respondía y les prometía una respuesta en la clase. Esos siete días de espera, en los que en algunos momentos ella pasaba casualmente por mi cabeza en forma de neblina siniestra, pasaron de una manera rápida y extraña.
Ya son las cuatro en punto, entro al salón y están ellos sentados en la tercera fila, yo me siento en la cuarta, y cuando paso por ahí la veo a ella en la quinta. Me parece curioso el juego de misterio que estamos llevando a cabo, yo soy el único que sabe la verdad, tengo un poder sobre ellos, algo que aprovecho para entretenerme un rato. Empiezan a preguntarme más cosas sobre ella, y yo lo que hago es mover mi cabeza de izquierda a derecha riéndome de su falta de acierto.
Pero aún así me fastidio rápido y revelo el secreto, pero como ella está atrás de nosotros tenemos que voltear para verla, ahí empiezan los típicos trucos de tirar el lápiz o la borra al suelo; o el mío, que normalmente es esperar hasta que suene la puerta amarilla y tenga que girar mi cuello para observar lo que está pasando y casualmente pueda volver a cruzar mi mirada con la suya.
La conexión que se genera en ese mínimo instante de tiempo me da un poco de alegría para poder seguir sentado en esta clase aburrida de desarrollo humano. Nunca olvidaré la primera vez que eso sucedió, tuve unas décimas de segundo para detallar esos ojos que jamás había visto anteriormente, esas esferas blancas en las que reluce un iris marrón común y perfecto, que me trae recuerdos de la madera con la que hice mi casa en el árbol y me llevan a corregir el antiguo relato donde los había imaginado verdes.
Al procesar esa imagen mi cuerpo reaccionó y dejó salir una tímida sonrisa, que se vio respondida con una suya y ahí mismo se generó un mínimo enlace incierto que me pondrá a pensar por un rato y me enviará a horizontes ocultos. Cuando salgo de mi limbo, que se expande libremente en esta noche de Luna llena, ya se está acabando la exposición y pienso que hay momentos que cautivan mi mente y se quedarán grabados en mi memoria para siempre, y es curioso que uno de ellos sea en esta clase, en la que la necesidad básica de la pausa no es satisfecha.