miércoles, 15 de diciembre de 2010

Sentimientos del corazón

La noche se vuelve loca a partir de una hora, creo que es esa en la que la Luna desaparece sonriendo a través de las nubes que tapan el firmamento; las estrellas deben estar reluciendo pero nosotros no vemos nada, sólo lo producido por la luz artificial. Y qué grandeza nos trae al mundo este invento creado por los humanos, una planta por allá, miles de bombillos por acá; gracias a eso podemos estar aquí reunidos en la casa de un pana, bebiendo algo relajados, intercambiando algunas historias del pasado.

El típico abrazo del reencuentro como relaté hace tiempo, las sonrisas, el placer, el deleite de compartir unas horas más con esa gente a la que apreciamos. Minutos que se pasan volando hablando de cualquier cosa, en mi caso es normal hablar del Barça, de la música, de la escritura, en concreto de las cosas que impulsan el movimiento de mi corazón. La sístole y la diástole cumplen una función básica para mi existencia y me parece curioso que se muevan en armonía con el ritmo que en el fondo suena, creo que es algo de jazz, unas notas suaves que me relajan en el instante.

Miro la botella vacía que está reluciendo en mis manos, el peso es irrelevante en este momento, debo ir a buscar otra; la cocina cuadrada está llena de gente, debo esquivarla e ir a la parte de atrás donde está el frigorífico secreto. Saco una cerveza más y salgo, ahora curiosamente la sala está vacía y me consigo al dueño de la casa recostado en un mueble y me dice algo de una persona que yo pensé que iba a estar ahí.

Me explica las excusas que tuvo para no venir y mi mirada contrariada pensando si esto era en serio y mi boca que inmediatamente se mueve y dice: “Hace tiempo que no hablo con ella”. Él que me explica que no sabe nada y yo exclamo: “Ya me olvidé de ella”. Él me observa detenidamente, aspira su cigarro y su intelecto aumenta mientras el humo alimenta sus pulmones ya dañados, veo como su mano señala mi cabeza y su voz me dice seriamente: “No importa lo que te diga esto”. Su dedo índice baja un poco y apunta directo a mi corazón y dice: “Importa lo que sientas aquí, ése no miente”.

Mi cabeza da un giro en espiral y mis palabras se quedan mudas, no salen de mis labios. En ese instante me pongo a pensar en muchas cosas, una silueta, una sonrisa, sus ojos, imágenes que invaden mi cabeza y hacen que mi corazón empiece a sentir algo diferente, un cambio en su ritmo, la armonía se rompe y las pulsaciones se hacen más fuertes. El reloj que está en la pared se detiene y empiezo a esperar ese momento en el que se abra la puerta y aparezca ella para recordar ese sentimiento del corazón que, según el anfitrión, no se ha borrado después de todo este tiempo que pasó.

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